La ansiedad es el temor de perder o ser heridos en algo. Ese temor puede generar en nosotros el sentimiento de miedo que a la vez genera sentimientos de angustia, ira, hostilidad, inseguridad y celos.

Los celos como sentimiento, son una respuesta al hecho de sentirnos desplazados por el ser que amamos, estimamos o apreciamos. Es una emoción negativa causada por el afán de posesión, por la necesidad de sentirnos únicos para alguien.

Una persona con falsa o baja autoestima es presa fácil del sentimiento de los celos. El primer fundamento de la autoestima es la seguridad y confianza en sí mismo, si no se tiene, la persona siente miedo por la posible pérdida o daño que pueda representarle el ser que ama.

En una relación de pareja donde no se da la autonomía y autosuficiencia es imposible lograr el crecimiento y desarrollo de ambos. La demasiada dependencia del ser que amamos, nos impide la seguridad que necesitamos para que nuestro amor crezca sin el virus de los celos.

No es fácil amar sin sentir dentro de nosotros el deseo de posesión. El egoísta y el celoso en esto se identifican. Queremos que el ser amado sea únicamente para nosotros, es mí propiedad, mí conquista y no permitiré que nadie me la arrebate.

Un elemento indispensable de la verdadera autoestima es el ser «conscientes de nuestras realidades«. Un conocimiento que debemos tener muy claro en la relación con nuestra pareja, es que no somos propiedad de nadie. El amor no hace esclavos, hace personas libres. En la libertad del amor es donde podemos crecer y desarrollarnos como personas.

El amor perfecto no existe, siempre carecemos o nos excedemos en algo. La confianza absoluta está más lejos que la incertidumbre. La duda hace siempre parte de nuestro pensamiento y al existir ésta, pronto seremos presa de la sospecha que nos llevará a los celos obsesivos.

La inseguridad nos lleva a aferramos a alguien, necesitamos sentirnos protegidos por alguien si no somos capaces de sentirnos seguros por nosotros mismos.

El celoso comienza su proceso en el pensamiento. Primero da cabida a la duda. Cualquier hecho insignificante, es motivo para imaginar situaciones que damos por ciertas, y que nos confirman las posibles dudas que tengamos.

Se despierta en nosotros una necesidad de buscar pruebas, para poder estar seguros de que nuestras sospechas son ciertas. Todo se vuelve una actitud persecutoria, con el único fin de buscar la confirmación de lo que necesitamos probar.

Con esta actitud indudablemente encontraremos en el «otro» hechos, que nos permitirán dar por cierta la duda que tenemos. Los pensamientos fluyen constantemente creando ansiedad, incertidumbre; las sensaciones de frustración, ira, rabia, dolor, invaden nuestro corazón llevándonos al sufrimiento y a la desesperación.

El celoso obsesivo se vuelve compulsivo, cada vez buscará más pruebas, será persistente hasta lograr su propósito. Recurrirá a miles de formas, será capaz de realizar grandes sacrificios con tal de probar su sospecha.

Esa confirmación le dará un sentimiento de satisfacción, de saber que lo que tenía en su mente no era simplemente una sospecha, sino que realmente era así. Sus dudas eran ciertas y lo pregonará como parte de victoria frente al ser que ama y frente a todos aquellos que él ha constituido parte del proble­ma.

El otro sentimiento que aparece luego, es el dolor. Se sentirá ofendido, resentido por la ingratitud del ser que tanto ama. Si su autoestima es baja, buscará refugio en la conmiseración, necesitará que lo compadezcan y le hallen la razón en todo.

Si su autoestima es sana y elevada buscará el sentido real de lo que ha sucedido. Qué tanta responsabilidad le atañe a él. Si su conducta ha sido o no, causa importante en el comportamiento del «otro».

Ser responsable no es sentirse culpable sino responder con sentido personal. Es tener la capacidad de interpretar lo que nos pasa dentro de una justa evaluación.

Para la persona con sana autoestima lo realmente importante ya no es cómo actuó o actúa el «otro» sino cómo debo «yo» reaccionar, eso sí está dentro de mi responsabilidad.

Las emociones negativas producidas por los celos generan dentro de nosotros una energía capaz de destruirnos y de destruir a todos los que están involucrados en el problema.

Esa energía la puedo manejar para bien o para mal. Una vez verificado el hecho como cierto, el conflicto y el dolor que producen deben ser comprendidos dentro de mí mismo. Debo analizarlos y observar el enojo y la ira que provocan.

En mi capacidad de observarme, de analizarme y de poder expresar y dejar fluir pacíficamente mis sentimientos, radica mi potencial de cura.

Si no sé manejar esa energía, ella puede nublar mi razón y llevarme a hechos que muy seguramente tendré que lamentar.

Al dejar fluir mis sentimientos y poder expresarlos no debo culparme ni culpar a otros de «mi desgracia», con esto no arreglaré ni aliviaré nada.

Recordemos que el dolor es natural, es una experiencia propia de la vida, pero el sufrimiento es antinatural, es puesto por nosotros. No es el dolor el que produce la tristeza sino el sufrimiento y éste hace parte de la histeria.

La prisión de los celos está en mi mente, la liberación depende de mí, de mi actitud frente a esa misma realidad, es ahí donde debo trabajar para ser autónomo, autosuficiente y feliz.

Hay muchos rituales para aliviar el dolor de los celos. El escribir una carta donde expresamos libremente todo lo que sentimos y luego la quemamos o la arrojamos al río, puede ser de utilidad para algunos.

Cualquier cosa que nos permita liberar toda la energía negativa que generan los celos, debe ser puesta en práctica.

El amor supone tres elementos que siempre deben estar sanos: Espíritu – Mente – Corazón.

Con estos tres pilares podemos resolver cualquier conflicto por grave que parezca. Los celos se pueden curar si tenemos el espíritu, la mente y el corazón sanos.

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Por tu paz interior,

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